Otras reflexiones

El anuncio de siempre, como nunca

El primer anuncio no es únicamente el inicio de la fe: es su fuente constante de sentido y alegría. No está reservado a quienes nunca han oído hablar de Cristo, sino que también alcanza a quienes necesitamos volver a escucharlo, como si fuera la primera vez…

Tecnologías biomédicas y dignidad humana

Gran parte del saber en ciencias biológicas se caracteriza, entre otras cosas, por hacer intervenciones en los organismos para obtener ciertos efectos deseados... Sin embargo, esto por sí mismo no entrega una guía acerca de qué intervenciones promueven la dignidad de la persona y cuáles la degradan. En consecuencia, se hace imperativa una reflexión bioética que ilumine los aspectos valóricos de los cursos de acción posibles.

El ardor de la esperanza

Este año no empezó el primero de enero. En nuestros corazones y en la Iglesia, comenzó como siempre: con un Dios hecho niño en Belén. Así iniciamos un Año Jubilar que transformaría vidas, desde lo cotidiano hasta lo extraordinario.

Escuchar el clamor y ver el rostro herido de los pobres Reflexión a partir de Dilexi te, exhortación apostólica de León XIV sobre el amor hacia los pobres.

“En los pobres [Cristo] sigue teniendo algo que decirnos” (DT, 5).

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Dios te salve María, llena eres de gracia

María Natalia Castillo F.

Año VII, N° 204

viernes 7 de noviembre, 2025

María me acompañaba en silencio, porque sí, porque las madres quieren a sus hijos. Y es que lo más hermoso del amor es su gratuidad. “Todo es gracia”, le dijo el Padre Hurtado a mi padre. “Todo es gracia”, murmuró Santa Teresita de Lisieux en su lecho de muerte. “Todo es gracia”, escribió Georges Bernanos en su Diario de un cura rural. “Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios”, señala San Pablo (Efesios 2,8).

Como muchos, crecí en una familia católica. Desde niña, sabía de la Virgen, pero no pedía su intercesión. Ya adulta, me vi una vez en peligro. Sin saber por qué, invoqué a la Virgen. Con un Ave María, se instaló la luz y el mal se disipó. Recién entonces creí verdaderamente en ella. María, que “guardaba todo esto en su corazón” (Lucas 2,11), es nuestra principal intercesora. Según la tradición popular, abre las ventanas del Cielo para que las almas entren. Gonzalo de Berceo, en Los milagros de nuestra Señora, cuenta de un sacerdote que solo se sabía una misa, en honor de la Virgen, y que al ser amonestado por su obispo fue defendido por María, agradecida de quien le dedicaba todas las misas del año. Uno de los videntes de Medjugorie (en Bosnia-Herzegovina), donde según testimonios la Virgen se aparece hace años, contó que cuando niño, María le pidió rezar el rosario y visitarla al día siguiente. Él se puso a jugar y olvidó oración y cita; al acordarse, corrió al encuentro y, apurado, rezó solo un Ave María. Pensó que la Virgen se enojaría; ella, en cambio, agradeció su oración, gracias a la cual un alma se había salvado.

María, que “guardaba todo esto en su corazón” (Lucas 2,11), es nuestra principal intercesora. Según la tradición popular, abre las ventanas del Cielo para que las almas entren.

Conocemos de María su Inmaculada Concepción, su virginidad y su sí a ser la Madre del Hijo de Dios, en una época en que ser madre soltera significaba la muerte por lapidación (aún no estaba casada para la Anunciación). Pero eso no es todo. Como conocedora de las Escrituras, debía saber de las profecías sobre el Mesías y, por tanto, de su martirio y muerte temprana (Isaías 53, Salmo 22, Daniel 9,26).

Con todo, dijo sí (Lucas 1,38). Por amor, dio a luz a Cristo, lo cuidó, lo vio crecer. Lo extravió cuando tenía doce años -¿imaginan la angustia, en ese momento anticipatorio a la profetizada muerte de su hijo?-, lo buscó con desesperación y lo encontró tres días después (anticipo de la Resurrección) en el templo (Lucas 2,49). Y es que ser Madre de Dios es una bendición que no la exime del dolor al que todos estamos expuestos.

Con todo, no se centra en sí misma. Visita a su prima, santa Isabel, tardíamente embarazada (Lucas 1,39-56). Insta a su hijo a hacer su primer milagro, convertir el agua en vino para que continúe la fiesta en las bodas de Caná (Juan 2,1-11). Mira con amor nuestras preocupaciones; con ella podemos conversar de todo. Y su hijo la escucha y atiende a sus peticiones, porque es su madre. ¿No lo hacemos nosotros también? ¿No posponemos nuestros planes, deseos, logros, por ayudar a nuestros padres? Con mucha más razón lo hace Cristo por su madre. Cristo es el camino, la verdad y la vida (Juan 14,6). Y María es el atajo que nos lleva directo al corazón de Jesús.

«María sufre el dolor de ver a su hijo traicionado, preso, humillado, negado, torturado, herido y agonizante hasta la muerte en cruz. Y, Jesús, antes de morir, la confirma como nuestra madre y a nosotros como sus hijos (Juan 19,26-27). Es elevada en cuerpo y alma a los Cielos, de los que es Reina y Madre, en la Asunción. Una madre que celebramos un mes entero, pero que deberíamos celebrar todos los días. Ojalá, con la oración dictada por el Espíritu Santo y pronunciada por el Arcángel Gabriel en la Anunciación: «Dios te salve, María. Llena eres de gracia…»».

Es elevada en cuerpo y alma a los Cielos, de los que es Reina y Madre, en la Asunción. Una madre que celebramos un mes entero, pero que deberíamos celebrar todos los días.

María mira con amor nuestras preocupaciones: ¿Cómo te sueles comunicar con ella, compartirle tus dolores, alegrías, lo que pasa en tu vida? ¿De qué manera descubres que ella te lleva al corazón de su Hijo? ¿Cómo crees que puedes en este mes crecer en devoción a María?

“A través del misterio de la cruz, la maternidad de María dio un salto impensable. La Madre de Jesús se convirtió en la nueva Eva, porque el Hijo la asoció a su muerte redentora, fuente de vida nueva y eterna para todo ser humano que viene a este mundo (…)”.

León XIV. Homilía. 9 de junio de 2025.

María Natalia Castillo F.
Profesora asociada de la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile

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