El 2025 está caracterizado por la belleza de encontrarnos con la gracia de Dios en este Año Jubilar convocado por el Papa Francisco, continuado por su sucesor León XIV y que tiene como tema central la esperanza. Muchos adultos que participaron de este evento en el año 2000 recuerdan el discurso del Papa Juan Pablo II en Tor Vergata (Roma), donde los exhortó a “No tener miedo de entregarse a Él (Jesús). Él los guiará, les dará la fuerza para seguirlo todos los días y en cada situación” porque ya “han dado un sí a Cristo, le han dicho sí a sus ideales más nobles”. El hoy Papa santo entregó un mensaje que estaba lejos de las medias tintas y apostaba por un camino decidido hacia Cristo.
Nuestra verdadera libertad como católicos es poder pedir la gracia, es decir, pedirle al Señor que nos auxilie y nos envíe una conversión del corazón.
Esta misma experiencia de fe, que se realiza cada 25 años, podremos vivirla jóvenes de todo el mundo durante el 28 de julio al 3 de agosto; y si bien el Jubileo es todos los días de este año y se puede alcanzar la indulgencia plenaria visitando cualquier templo jubilar cercano, hay algo único en peregrinar hasta Roma para encontrarse con miles de jóvenes que han experimentado el amor de Dios y quieren testimoniarlo. El hecho de llegar hasta la Ciudad Eterna y depositar en el altar todas las alegrías, dolores e incertezas que se trae consigo al pasar por la Puerta Santa, implica un viaje de varios kilómetros que en el corazón se traducen en un camino espiritual inconmensurable que va aumentando a medida que cada persona se acerca al lugar donde murió Pedro y donde situamos el epicentro de nuestra fe.
Esta celebración no solo es especial por el itinerario que realiza, sino también porque es una instancia única debido a que los jóvenes, tal como expresaba el Papa Francisco, “son el ahora de Dios”, los que responden al llamado y salen a su encuentro, los que construyen el presente y el futuro de un mundo más santo que viva cercano al Padre.
Hay algo único en peregrinar hasta Roma para encontrarse con miles de jóvenes que han experimentado el amor de Dios y quieren testimoniarlo.
Son los jóvenes los que están llamados especial, mas no exclusivamente, a vivir como protagonistas este Año Jubilar de sobreabundancia del amor de Dios que permite dar un “sí” al Señor de manera libre y amorosa, optando por una vida nueva donde es “Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20). Es en este caminar, figurado o literal, el que va calando en la vida del peregrino que va en búsqueda de algo, o más bien de alguien ; es a Cristo a quien buscamos o, más bien, es Él quien nos ha buscado primero para que volvamos a su corazón y podamos amar como Dios nos ha amado (1 Jn 4,11) y salgamos al encuentro con otros amándolos incondicionalmente.
La esperanza es probablemente uno de los principales desafíos de nuestro tiempo. ¿Cómo podemos tener fe en que todo estará bien si los problemas abundan, todavía hay guerras y hambre, indiferencia y desesperación ante la vida? Es la esperanza como virtud teologal y como don la que brota del corazón de Jesús de donde proviene todo bien y donde se sostiene nuestra vida. El hecho de que el Jubileo esté ligado íntimamente al perdón y la posibilidad de recibir una indulgencia de todos los pecados cometidos, es muestra de que la Confesión es el sacramento que nos anima a pedirle a Dios que nos ayude a decir el sí que no podemos decir, a confiar en sus designios, aunque tengamos desesperanza y a vivir a su modo amando a los otros, ante tantas faltas de desamor diarias. Nuestra verdadera libertad como católicos es poder pedir la gracia, es decir, pedirle al Señor que nos auxilie y nos envíe una conversión del corazón. San Agustín decía: “No hay nada peor que tener esperanza y no saber por qué la tengo”. Encontrémonos con Cristo resucitado y, como jóvenes, reconozcamos que solo hacia Él vamos y en Él vivimos, porque Él es nuestra esperanza.
¿En qué o quién tengo puesta mi esperanza? ¿Cómo puedo creer cada día más en la esperanza del resucitado y la promesa de la vida eterna? Como joven, ¿me he sentido amado por Cristo y he escuchado su llamado a mi vocación?