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“Si el Hijo de Dios asumió verdaderamente toda nuestra humanidad y vivió realmente en nuestras propias condiciones humanas —sin excepciones—, entonces la resurrección no es una “anomalía” en Jesús, sino la plena realización de la vocación de todo ser humano".

“Bendito es el fruto de tu vientre”, Lc 1,39-45.

“Cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: —Bendita tú entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre”, Lc 1,39-45.

El rol de la mujer en la renovación de la sociedad

Bárbara Loeb

Año VI, N° 117

viernes 8 de marzo, 2024

“Varón y mujer son iguales ante Dios, son personas, seres racionales creados a Su semejanza. Aún mas, varón y mujer son una unidad indisoluble y complementaria, no se entiende uno sin el otro”.

El tema de la mujer se ha tomado la agenda en los últimos años. Desde la demanda por  derechos en las calles hasta la inclusión de los mismos en propuestas constitucionales. Socialmente un logro, en la búsqueda de la igualdad entre hombres y mujeres. Mirado desde la perspectiva de la Creación, relatada en el Génesis, esta igualdad siempre ha existido: “Cuando Dios creó al hombre (al género humano), lo creó a su imagen, varón y mujer los creó”. Así, varón y mujer son iguales ante Dios, son personas, seres racionales creados a Su semejanza. Aún mas, varón y mujer son una unidad indisoluble y complementaria, no se entiende uno sin el otro. De la misma manera que Dios es uno y trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, el ser humano es uno, aunque se manifiesta como varón o mujer. Como dijo SS Juan Pablo II en Mulieris Dignitatem: “En la unidad de los dos, el varón y la mujer son llamados desde su origen no sólo a existir uno al lado del otro, o simplemente juntos, sino que son llamados también a existir recíprocamente, el uno para el otro. Edith Stein, en sus escritos sobre la mujer, enfatiza este punto. “Soy de la convicción de que la especie ser humano se desarrolla como especie doble, hombre y mujer, de que la esencia del ser humano, a la cual no puede faltar ningún rasgo ni aquí ni allí, alcanza a expresarse de dos modos diversos; y de que solo la totalidad de su constructo esencial evidencia su troquelado específico”.

Pero la igualdad de varón y mujer ante Dios ha sido alterada por el pecado, conduciendo a una sociedad que, en base a fundamentos históricos o culturales, no la reconoce. En estas condiciones, parece una tarea constantemente pendiente el reponer, traer a la luz, esta igualdad existente desde siempre, pero opacada, transgredida, por las razones mencionadas. Considerado los avances que en esta línea se han logrado, permitiendo la mayor presencia de la mujer en diversos ámbitos de la sociedad, cabe preguntarse ¿qué ventaja representa para la sociedad la mayor presencia de la mujer en la vida laboral, en la vida cultural e intelectual, o en cargos públicos relevantes?

¿Qué ventaja representa para la sociedad la mayor presencia de la mujer en la vida laboral, en la vida cultural e intelectual, o en cargos públicos relevantes?.

Una forma de buscar respuesta a esta interrogante es considerar que “igualdad” no es sinónimo de “homogeneidad”. Hay una diversidad específica, que da originalidad personal al hombre y a la mujer. Los seres humanos somos iguales ante Dios, en dignidad y relevancia, pero la propia naturaleza, tanto biológica como cultural, hace que en varón y mujer predominen, se hagan notar, distintas características. El Cardenal Fresno, en una carta Pastoral de 1985, escribía, en referencia a la mujer y sus nuevas posibilidades en la sociedad, “…teniendo clara la mujer su propia identidad, con su amor personal, de servicio y de vida, puede contrarestrar e invertir las ‘inclinaciones inhumanas’ de nuestra cultura”. Según Monseñor Fresno, el camino a seguir por la mujer no sería simplemente nivelarse con el hombre y aceptar las pautas culturales masculinizadas existentes: “La Iglesia se alegra de que la mujer conquiste la plena igualdad de derechos y oportunidades con el hombre, que le corresponde por su igual dignidad. Y de que así agregue la influencia que siempre ha ejercido en la sociedad desde el interior de su hogar, la que empieza a ejercer ahora, de modo directo y creciente, en medio de la vida pública, pero sin que ello signifique renunciar a su modalidad femenina, fuente de toda su capacidad humanizadora y personalizadora”.

Los seres humanos somos iguales ante Dios, en dignidad y relevancia, pero la propia naturaleza, tanto biológica como cultural, hace que en varón y mujer predominen, se hagan notar, distintas características.

Desde esta perspectiva, una sociedad remecida, por la violencia, el descrédito del que piensa distinto, las trangresiones éticas en pos de logros materiales y la deshumanización de las relaciones interpersonales, entre otros, ¿se verá transformada por la mayor presencia e injerencia de la mujer en el mundo laboral? ¿Existen las condiciones para que la mujer pueda compatibilizar adecuadamente su vida personal y profesional? ¿Es posible una igualdad del hombre y la mujer conservando su originalidad personal?

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“La Iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad, con una sensibilidad, una intuición y unas capacidades peculiares que suelen ser más propias de las mujeres que de los varones”

Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 103.

Bárbara Loeb
Profesora de la Facultad de Química y de Farmacia, Pontificia Universidad Católica de Chile

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