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Cardenal Silva Henríquez

El valor de los animales

Juan Larraín C.

Año IV, Nº 72.

viernes 17 de junio, 2022

“Cuando Francisco de Asís miraba a 'los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas'”.

Uno de los aprendizajes que nos ha dejado la pandemia y los largos periodos de cuarentena es la importancia de los animales de compañía. Esto ha reforzado nuestra profunda vinculación afectiva con ellos y los ha convertido en miembros esenciales de muchas familias.

El papa Francisco en Laudato si’ nos recuerda que cuando Francisco de Asís miraba a “los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas”, ya que para él “cualquier criatura era una hermana, unida a él con lazos de cariño” (nro. 11). En el reino de Dios los animales tienen semejanza con Dios y no se puede descartar del todo que correspondan al menos a una imagen atenuada de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica nos llama a no olvidar que el maltrato animal denigra a aquél que lo comete ya que “es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas” (nro. 2418).

El Catecismo de la Iglesia Católica nos llama a no olvidar que el maltrato animal denigra a aquél que lo comete ya que “es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas” (nro. 2418).

Para comprender la relación entre humanos y animales se debe entender que el ser humano tiene un valor absoluto o dignidad. Dicho valor se funda en la presencia potencial de capacidades exclusivas, como el mutuo reconocimiento de la dignidad, el poder de pensar sobre lo que pensamos y la posibilidad de actuar con libertad y responsabilidad.

Para establecer una relación ética con los animales, debemos reconocer los grandes avances de la biología evolutiva, las ciencias cognitivas y las neurociencias que han demostrado que muchos animales tienen un alto grado de desarrollo de la inteligencia, de las emociones y de sus vínculos relacionales. Como agentes morales, poseedores de dignidad, los seres humanos tenemos el deber de reconocer este valor intrínseco y diverso en los animales. Ello no requiere concederles un derecho, sino que por el contrario estamos obligados a favorecer y promover dichos valores, o al menos no dañarlos si no existen razones superiores para hacerlo, ya que tienen un valor interno, pero relativo a la fuerza de otros valores.

Para un justo reconocimiento del valor de los animales debemos desarrollar sabiduría y prudencia y educar en el cuidado en vez de la crueldad o la indiferencia. Estas cualidades, sumadas a una adecuada atribución de los valores de cada especie animal, permitirán tomar buenas decisiones prácticas, justas y éticamente fundamentadas. Así, podemos acordar normativas éticas que reduzcan al mínimo posible el sufrimiento animal, pero que sean compatibles con otros valores como pueden ser la sobrevivencia humana, la mejora de la calidad de vida, en especial de las personas más vulnerables, y un adecuado desarrollo de los bienes culturales y, en particular, de nuestras tradiciones más arraigadas.

Muchos animales tienen un alto grado de desarrollo de la inteligencia, de las emociones y de sus vínculos relacionales. Como agentes morales, poseedores de dignidad, los seres humanos tenemos el deber de reconocer este valor intrínseco y diverso.

En nuestra relación con los animales se debe tener siempre presente la exigencia ética de aprender a priorizar, por lo cual, reconociendo que debemos defender a todos los seres valiosos, ello debe ocurrir sin que se reste un ápice de energías en el trabajo por el desarrollo humano, en especial de lo más pobres.

Para avanzar debemos recoger el llamado que nos hace Francisco en Laudato si’ de “reconocer que los demás seres vivos tienen un valor propio ante Dios y, [que…] por su dignidad única y por estar dotado de inteligencia, el ser humano está llamado a respetar lo creado”, ya que “las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios. Por esto, el hombre debe respetar la bondad propia de cada criatura para evitar un uso desordenado de las cosas”. La existencia de los animales nos debe llevar a pensar ¿cómo agradecer el hermoso regalo que Dios nos hace al permitir la existencia de los animales? y a reflexionar sobre ¿cómo podemos cumplir a cabalidad con nuestra responsabilidad de cuidar la Creación?

“Porque el destino de los seres humanos y el de los animales es el mismo; como mueren los unos, así mueren los otros. Todos ellos tienen el mismo aliento, y los seres humanos no tienen ventaja sobre los animales”

(Eclesiastés 3:19).

Juan Larraín C.
Director de Instituto de Éticas Aplicadas UC

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