Otras reflexiones

Tecnologías biomédicas y dignidad humana

Gran parte del saber en ciencias biológicas se caracteriza, entre otras cosas, por hacer intervenciones en los organismos para obtener ciertos efectos deseados... Sin embargo, esto por sí mismo no entrega una guía acerca de qué intervenciones promueven la dignidad de la persona y cuáles la degradan. En consecuencia, se hace imperativa una reflexión bioética que ilumine los aspectos valóricos de los cursos de acción posibles.

El ardor de la esperanza

Este año no empezó el primero de enero. En nuestros corazones y en la Iglesia, comenzó como siempre: con un Dios hecho niño en Belén. Así iniciamos un Año Jubilar que transformaría vidas, desde lo cotidiano hasta lo extraordinario.

Escuchar el clamor y ver el rostro herido de los pobres Reflexión a partir de Dilexi te, exhortación apostólica de León XIV sobre el amor hacia los pobres.

“En los pobres [Cristo] sigue teniendo algo que decirnos” (DT, 5).

La ofensa y la dignidad humana

Mientras la ofensa hacia el prójimo, tanto en su variable presencial como virtual, se da en términos de pérdida de reciprocidad del respeto, la ofensa hacia Dios, las instituciones y los valores morales se da con un evidente desconocimiento del orden de la relación.

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Las voces del desierto

Romy Hecht M.

Año VII, N° 203

viernes 31 de octubre, 2025

A través de un viaje literario, esta columna explora la experiencia de la Residencia Artística —de académicos y estudiantes UC— en la Fiesta de la Virgen Guadalupe de Ayquina (Región de Antofagasta), la cual dio luz a una muestra artística que se inaugurará en el Campus Oriente el 13 de noviembre a las 19:00 hrs.

Junto a cuatro académicos de las facultades de Arte y Teología, un fraile dominico, dos miembros de la Pastoral y nueve estudiantes de Arte, Arquitectura, College, Estética, Música y Teatro, participamos en el proyecto Residencia Artística 2025, donde compartimos los desafíos propios de la cotidianeidad de un trabajo interdisciplinario y en terreno, pero también la experiencia de fe de un grupo humano que anualmente desborda los límites del poblado altiplánico de Ayquina, emplazado a 3.000 metros sobre el nivel del mar.

Cotidianeidad de un trabajo interdisciplinario y en terreno, pero también la experiencia de fe de un grupo humano que anualmente desborda los límites del poblado altiplánico de Ayquina.

Ubicado a más de 70 kilómetros de Calama, en una quebrada que desemboca en el silenciado río Salado, las casas de piedra caliza y techos de paja amplifican la tonalidad ocre y grisácea del desierto y, pese a su tosquedad, delimitan grácilmente a la depresión geográfica que acoge a una ‘calle central’, subrayando algunos cambios de pendiente con estrechos pasajes.

El Santuario —Jubilar— preside a la plaza hundida, que se convierte en el escenario perfecto para emocionarse hasta las lágrimas con la belleza estruendosa del baile incansable de contingentes de diabladas, caporales, tinkus y osadas. ¿No es posible acaso pensar que el silencio de Dios es solo aparente, y que su voz emerge con los cantos que emanan, aunque sea por un instante, desde nuestros propios corazones? Ver, escuchar y gozar la sencilla alegría que emana de las voces del desierto es un imperdible.

“¿Dónde está el Señor que nos condujo por el desierto, por una tierra de yermos y de barrancos, por una tierra seca y tenebrosa, una tierra por la que nadie pasó y donde ningún hombre habitó?”. El cuestionamiento que el profeta Jeremías (2,6) lanza al pueblo de Israel por su olvido de Dios es la apertura, perfectamente escogida por el autor Cristóbal Marín, para emprender un viaje a la memoria del desierto en su Atacama Fantasma (Penguin Random House, 2023).

Hacía rato ya que este libro coronaba la pila de especímenes literarios atentos a mi juicio —probablemente menos final que el que espera al mencionado pueblo, claro está—. Pasa que, con los años, he desarrollado una leve obsesión por mantener mi estadística de aciertos al comprar compulsivamente libros por sus títulos sugerentes, y vinos por la belleza de sus etiquetas, pero esa es otra historia. Lo importante aquí es que, una vez más, el también autor de Huesos sin Descanso no me defraudó. Es más, fue la mejor elección para volver al Norte Grande, tras 20 años de ausencia.

Marín articula su relato entrelazando recuerdos de infancia y juventud con episodios históricos, abarcando desde la travesía de la conquista de Diego de Almagro a la –otra– estela de tragedia dejada por la Caravana del Desierto, en plena dictadura militar. La dimensión de la pérdida de vidas humanas impregna las casi 500 páginas del volumen, materializándose en los cuerpos errantes de momias chinchorro, de obreros nortinos en busca de algún despojo de trabajo entre oficinas salitreras y de naturalistas, sacerdotes y coleccionistas ávidos por acopiar los saberes y tesoros del desierto.

Mientras leía, pensaba en el evidente significado de permanecer a la espera de ser desenterrado en una naturaleza que, mientras más se habita y domina, más demuestra su desolación y hostilidad. A plena luz del día, por ejemplo, caminos interminables aparecen abarrotados de acalorados espejismos y de cordilleras que revelan su artificialidad con la aparición de camiones delatando la escala de las faenas mineras.

El Santuario —Jubilar— preside a la plaza hundida, que se convierte en el escenario perfecto para emocionarse hasta las lágrimas con la belleza estruendosa del baile incansable de contingentes de diabladas, caporales, tinkus y osadas.

Sin embargo, son esas mismas rutas las que emocionan cuando permiten encontrar al Dios perdido de Jeremías en el páramo, ya sea en amaneceres vibrantes que se calman con halos de geometrías perfectas, o en planicies monótonas que activan su policromía gracias al paso de la luz entre las rendijas de las nubes. Ni decir cuando emerge la modesta nobleza de las huellas ancestrales de peregrinos que, silenciosamente, hacen crujir sus pies en agradecimiento a la Virgen de Guadalupe de Ayquina, cuya fiesta religiosa (celebrada entre el 3 y 10 de septiembre) fue el motivo de mi viaje.

¿Existe alguna fiesta religiosa popular que te permita el encuentro con Dios? ¿De qué manera la fe de los demás te contagia, te permea? ¿Qué sentimientos afloran en ti cuando ves y contemplas el desierto?

“La piedad popular comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción. Teniendo en cuenta esos aspectos, la llamamos gustosamente ‘piedad popular’, es decir, religión del pueblo, más bien que religiosidad”.

San Pablo VI, Evangeli Nuntiandi, 48.

Romy Hecht M.
Decana de College UC

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