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Nuestros hermanos de pueblos originarios

Eduardo Valenzuela

Año III, Nº 55.

viernes 22 de octubre, 2021

"¿Cómo puedo mejorar la calidad de mi relación con personas que provienen de pueblos diferentes al nuestro, en la casa, en la calle o en el trabajo?"

Todo cristiano tiene la misión de anunciar el Reino de Dios dondequiera que se halle y bajo la forma que le sea inspirada por el Espíritu Santo. Nadie como el papa Francisco ha insistido tanto en esta condición de misionero que proviene del mandato de ir y anunciar la buena nueva a todas las naciones, entre las cuales se encuentran las naciones originarias de América.

En el Sínodo de la Amazonia se produjo el documento misional más reciente, en el cual se reiteran los grandes rasgos de la misionología católica: El respeto por la cultura ajena en todo aquello que sea hermoso y bueno, puesto que en todas ellas se esconden “semillas del Verbo”, una propuesta evangélica que puede insertarse vivamente en la cultura autóctona y que comienza con la posibilidad de invocar a Dios en lengua indígena, y la apertura al diálogo intercultural excluyendo cualquier forma de conversión forzosa o coactiva.

La posibilidad de invocar a Dios en lengua indígena, y la apertura al diálogo intercultural excluyendo cualquier forma de conversión forzosa o coactiva.

Durante su visita pastoral al Ecuador hace algunos años, el papa Francisco pidió «humildemente perdón», tanto por los crímenes contra los pueblos originarios que se cometieron durante la conquista de América como por las ofensas que pudo haber cometido la Iglesia. Evangelización y conquista estuvieron evidentemente entrelazados, y los misioneros no siempre lograron defender los derechos indígenas con suficiente eficacia, a pesar de los esfuerzos heroicos de algunos. Sin embargo, la evangelización está llena de testimonios en que los misioneros se pusieron del lado indígena cuando fueron injustamente tratados. El Evangelio que anunciamos es un Evangelio de la vida que nunca se ha podido predicar fructíferamente en un ambiente de explotación e injusticia. ¿Cómo podría un Dios bueno y santo presentarse a través de una mano que oprime?

El documento de Aparecida nos exhorta a continuar por el camino que sembraron las misiones: «Como discípulos y misioneros al servicio de la vida, acompañamos a los pueblos indígenas y originarios en el fortalecimiento de sus identidades y organizaciones propias, la defensa del territorio, una educación intercultural bilingüe y la defensa de sus derechos» (CELAM, 2007, 530). ¿De cuáles ofensas habría que pedir perdón entonces? La evangelización no consistió solamente en anunciar las excelencias de una vida cristiana y asegurar la salvación de las almas; también tuvo un afán civilizatorio que impuso normas y hábitos extraños y en ocasiones injustificados. Hubo errores que hoy comprendemos en toda su amplitud, por ejemplo, las restricciones que se pusieron para formar un clero católico indígena.

María, principal símbolo del encuentro entre nuestras diversas culturas y el crisol donde se ha forjado la identidad cristiana del continente.

Benedicto XVI toca una fibra más delicada cuando advierte: «No debemos desentendernos de las demás culturas como si fueran una cantidad soslayable. Esta sería una forma de hybris occidental que pagaríamos muy caro y, en parte, ya lo estamos haciendo» (Ratzinger, 2008). El cristianismo europeo-occidental está basado en una forma particular de inculturación de la fe, que nació del contacto con el helenismo y que condujo al esfuerzo por compatibilizar fe y razón, dejando muchas veces fuera toda pregunta acerca de la originalidad de una cultura. El contacto con los pueblos indígenas americanos produjo otra clase de inculturación en un mundo que no conocía una distinción esencial entre naturaleza y cultura, y que ha concebido la naturaleza no como Logos sino como morada primordial.

Nuestra evangelización encontró, finalmente, estabilidad y cobijo bajo la presencia de María, principal símbolo del encuentro entre nuestras diversas culturas y el crisol donde se ha forjado la identidad cristiana del continente. Bajo sus diferentes advocaciones —algunas de ellas conservadas en lengua indígena— se expresa lo mejor del esfuerzo intercultural en que debe renovarse todo propósito misionero.

¿Qué puedo hacer por mejorar mi comprensión de la raíz indígena de nuestra cultura y del problema actual de nuestros pueblos originarios? ¿Qué puedo hacer para derribar prejuicios e incomprensiones respecto del mundo indígena? ¿Cómo puedo mejorar la calidad de mi relación con personas que provienen de pueblos diferentes al nuestro, en la casa, en la calle o en el trabajo? ¿Cómo puedo ayudar al enorme esfuerzo misionero que hace la Iglesia en todo el mundo? ¿Cómo se debe mostrar a Cristo hoy ante quienes no lo conocen o lo rechazan?

 

“Como discípulos de Jesucristo, encarnado en la vida de todos los pueblos, descubrimos y reconocemos desde la fe las ‘semillas del Verbo’ presentes en las tradiciones y culturas de los pueblos indígenas de América Latina. De ellos valoramos su profundo aprecio comunitario por la vida, presente en toda la creación, en la existencia cotidiana y en la milenaria experiencia religiosa, que dinamiza sus culturas, la que llega a su plenitud en la revelación del verdadero rostro de Dios por Jesucristo”.

 (CELAM, 2007, numeral 529)

Eduardo Valenzuela
Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales UC

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