Otras reflexiones

Su voluntad en mi camino

“Queriendo probar el servicio de la universidad, para los trabajos de verano me recomendaron el proyecto Viviendas, que busca construir casas y aliviar un poco el déficit habitacional. Aquí no solo entendí que lo que le faltaba a mi corazón era el encuentro con Dios, sino que también encontré un grupo de voluntarios que me marcó y que me ayudó a encontrar el inicio del camino que buscaba”.

Migrar, un camino de fe

"Tomar la decisión de migrar es, en muchos casos, un verdadero salto de fe. Es caminar sin tener todas las certezas, confiar sin controlar el futuro, creer que Dios va delante, aun cuando el camino no se ve claro".

El anuncio de siempre, como nunca

El primer anuncio no es únicamente el inicio de la fe: es su fuente constante de sentido y alegría. No está reservado a quienes nunca han oído hablar de Cristo, sino que también alcanza a quienes necesitamos volver a escucharlo, como si fuera la primera vez…

Tecnologías biomédicas y dignidad humana

Gran parte del saber en ciencias biológicas se caracteriza, entre otras cosas, por hacer intervenciones en los organismos para obtener ciertos efectos deseados... Sin embargo, esto por sí mismo no entrega una guía acerca de qué intervenciones promueven la dignidad de la persona y cuáles la degradan. En consecuencia, se hace imperativa una reflexión bioética que ilumine los aspectos valóricos de los cursos de acción posibles.

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Ser misionero hoy

Heriberto Cabrera R.

Año VII, N° 199

viernes 3 de octubre, 2025

“Ser misionero no significa, como antes, necesariamente cruzar mares, sino aprender a caminar con otros, en medio de sus dolores, alegrías y búsquedas. A mi parecer, hoy la misión tiene que ver más con una manera de estar que un lugar donde estar, con un escuchar más que con hablar, con abrazar más que conquistar".

“¿Qué fue lo más hermoso de casi 30 años de misión?”, me preguntaron una vez. Respondí sin dudar: “Haber podido encontrar a Dios». Y es que la misión no es solo entrega de parte del misionero: es también un regalo inmenso para su persona. En este tiempo marcado por la prisa, la incertidumbre y tantas heridas sociales, ser misionero no significa, como antes, necesariamente cruzar mares, sino aprender a caminar con otros, en medio de sus dolores, alegrías y búsquedas. A mi parecer, hoy la misión tiene que ver más con una manera de estar que un lugar donde estar, con un escuchar más que con hablar, con abrazar más que conquistar.

Hoy, la figura del misionero se parece más al peregrino que al conquistador. Peregrino es quien camina con otros, busca a Dios en lo cotidiano y se deja transformar por el camino.

Desde la fe en Jesucristo Salvador, entendemos que la misión no es una acción que se agrega a la tarea normal de evangelización, tampoco es una vocación para algunos, sino parte de nuestra identidad cristiana: «La Iglesia peregrinante es misionera por su misma naturaleza» (Ad Gentes, 2). Anunciar a Cristo, testimoniar su amor y construir comunidad son tareas que no se delegan a unos pocos: nos tocan a todos y todas.

Hoy, la figura del misionero se parece más al peregrino que al conquistador. Peregrino es quien camina con otros, busca a Dios en lo cotidiano y se deja transformar por el camino. Ya no basta con «hacer cosas por» los demás; hace falta «estar con», compartir, dejarse afectar, dejarse evangelizar. En ese intercambio humilde es donde el Evangelio se hace carne. No se trata de tener respuestas para todo, sino de vivir con esperanza, de acompañar, de ser signo.

Ser misionero hoy implica aprender nuevas formas de presencia: en la escuela, en redes sociales, en hospitales, en el acompañamiento de adolescentes, en el cuidado de la casa común.

Nuestro tiempo está marcado por realidades muy diversas: ciudades inmensas con jóvenes que viven en soledad, migrantes que huyen del dolor, pueblos originarios que buscan ser reconocidos, ambientes digitales donde muchos buscan sentido y también diversos contextos donde la fe parece apagarse. Allí está el campo misionero hoy. Y en todos ellos, el anuncio de Jesús debe hacerse cercano, humano, creíble.

Por eso, ser misionero hoy implica aprender nuevas formas de presencia: en la escuela, en redes sociales, en hospitales, en el acompañamiento de adolescentes, en el cuidado de la casa común. Como dice el jesuita Christoph Theobald, se trata de un estilo. En ese sentido, me parece que la misión compromete a la Iglesia en la escucha, la llama a descentrarse, a ponerse en camino, como tantas veces pidió el recientemente fallecido Papa Francisco. La hospitalidad debe ser recíproca. No basta con constituirse en un hospital de campaña. El misionero o misionera es también un hombre o mujer frágil que necesita ser acogido con sus límites y vulnerabilidades.

Por eso me parece bueno señalar que también el misionero necesita ser acompañado. El cansancio, la soledad, las crisis personales y familiares son parte de la realidad. Cuidarse no es egoísmo, sino parte de la fidelidad a la vocación. Y, sobre todo, es fundamental que nuestras comunidades sean espacios donde podamos ser contenidos, discernir juntos y compartir la complejidad de la misión.

Finalmente, ser misionero hoy es, ante todo, vivir la caridad como libertad. No como imposición, sino como don. No como una tarea que aplasta, sino como una pasión que enciende. Es creer que el Reino de Dios ya está brotando, incluso en lo más pequeño, incluso en nosotros. Pero, ¿cómo hacer esto? El Papa Francisco decía: “La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción” (Evangelii Gaudium, 14), y esa atracción es el testimonio.

Y tú, ¿te sientes misionero dónde estás? ¿Quieres compartir con otro la alegría de anunciar a Jesús? ¿Cómo crees que te puedes hacer misionero en el día a día?

“Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie. Así se lo anuncia el ángel a los pastores de Belén: ‘No temáis, porque os traigo una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo’ (Lc 2,10)”.

Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 23.

Heriberto Cabrera R.
Académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile

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