Al entrar a la universidad en 2023, me dio mucho miedo que el fuego de servicio que tenía en mi corazón se apagara. Al momento de inscribirme en Trabajo País, tuve un problema y no quedé, pero Dios tenía un plan distinto para mí. Terminé yendo a un voluntariado laico; aunque fue una gran experiencia, sentía que algo faltaba.
Queriendo probar el servicio de la universidad, para los trabajos de verano me recomendaron el proyecto Viviendas, que busca construir casas y aliviar un poco el déficit habitacional. Aquí no solo entendí que lo que le faltaba a mi corazón era el encuentro con Dios, sino que también encontré un grupo de voluntarios que me marcó y que me ayudó a encontrar el inicio del camino que buscaba. También me encontré con la familia Contreras, quienes me demostraron que la alegría y la esperanza es lo último que se pierde, y que las riquezas que realmente cuentan son las del alma y del corazón.
Esos diez días junto a los “primos” son de los momentos que más atesoro, y agradezco a Dios por haberme cruzado con cada uno de ellos.
El 2024 no me quise quedar con las ganas y, en invierno, me inscribí a Trabajo País. En el viaje de 8 horas camino al lugar, solamente pensaba en por qué se me ocurrió inscribirme tan lejos; pero, al llegar y observar las increíbles vistas que teníamos del bosque de Curamavida, supe que todo iba a valer la pena. Pese al frío y el cansancio, la belleza del lugar y la alegría de la comunidad al ver terminada su capilla me hicieron sentir plena.
No solo me fui con el corazón lleno de alegría, sino también me llevé un grupo de amigos que me enseñaron que la Pastoral no se limita a las vacaciones, sino que se vive todo el año.
En verano de 2025 tuve la oportunidad de volver a Viviendas y no dudé en aprovecharla. Allí conocí a la familia Candia, quienes desde el primer minuto nos abrieron las puertas de su vida y su corazón. Es difícil explicar lo que sentí al conocer a Berta, una de las mujeres más fuertes y maravillosas que he visto, y ser testigo de su emoción por cumplir su sueño de un hogar propio. Ver la alegría de Adriel con su “casita”, como él la llamaba, fue algo inolvidable. Esos diez días junto a los “primos” son de los momentos que más atesoro, y agradezco a Dios por haberme cruzado con cada uno de ellos.
El invierno del 2025 me atreví a probar por primera vez las misiones porque sentí un llamado muy fuerte por ir a Misión de Vida. Al llegar a Villa La Cruz me encontré con un grupo de personas que me abrieron los brazos como si hubiera estado desde el día uno. Al comenzar a misionar me decepcioné, ya que en muy pocas casas nos abrieron la puerta, no logré experimentar lo que tanto me contaban y no entendía por qué Dios me había llamado ahí.
Comprendí que Dios me había puesto en ese lugar para demostrarme que la misión va más allá de ir de puerta en puerta: es llevarla al corazón de las personas que más la necesitan.
Terminé en varios talleres, en donde conocí a un niño de la zona que me contó que se sentía solo. Él, al ver un denario que llevaba colgado, sintió mucha curiosidad; se lo entregué junto con un rosario y le enseñé cómo rezarlo. Mientras, él tenía una sonrisa enorme y los ojos llenos de ilusión. Antes de irse, le expliqué que con eso nunca más iba a estar solo y, en caso de sentirse así, que lo rezara. Me dio las gracias, me abrazó y se fue. En ese exacto momento fue cuando comprendí que Dios me había puesto en ese lugar para demostrarme que la misión va más allá de ir de puerta en puerta: es llevarla al corazón de las personas que más la necesitan.
Al reflexionar sobre mi experiencia en trabajos y misiones, me di cuenta de que mi vida no hubiera sido la misma. Si me hubiera quedado en trabajos, no hubiera podido ir a Viviendas; no sé si hubiera podido encontrar mi camino. Si no hubiera sido por mi zona de trabajos, no sé si hubiera conocido el proyecto Cima, que consiste en subir cerros con niños mostrándoles a Dios a través de la naturaleza y el deporte. Sin mi segunda vez en Viviendas, no hubiera podido experimentar la alegría que sentí al entregar esa casa. Y si no hubiera sido por ese niño en misiones, no sé si hubiera terminado por comprender lo que en realidad eran. Al pensar en todo esto, me di cuenta de que, efectivamente, los planes de Dios sí son perfectos.