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El llamado profundo
de la vida

Carolina Bacher Martínez

Año V, N° 94

viernes 21 de abril, 2023

"El Espíritu nos conduce hacia las periferias humanas en las que las personas no encuentran el sentido, en las que sufren y padecen injusticias, y en las que no conocen a Dios. ¡Dejemos que Él nos mueva a salir al encuentro de esta dolorosa realidad!".

Según la Organización Panamericana de Salud (OPS), el suicidio es la tercera causa de muerte en América entre los jóvenes de 20 a 24 años. Chile tiene una de las tasas de suicidio más elevadas de la región, por lo que esta situación no puede dejarnos indiferentes. El Papa Francisco nos invita a descubrir que el Espíritu Santo nos conduce hacia las periferias humanas en las que las personas no encuentran el sentido, en las que sufren y padecen injusticias, y en las que no conocen a Dios. ¡Dejemos que Él nos mueva a salir al encuentro de esta dolorosa realidad!

Víctor Frankl, en su célebre libro «El hombre en busca de sentido», nos ayuda a profundizar en el desafío de las periferias existenciales, ajenas y propias. Considera que la clave de toda existencia humana consiste en la capacidad para responder responsablemente a las demandas que la vida nos plantea en cada situación particular. Esto resulta posible porque cada uno va ofreciendo una respuesta concreta y única a las situaciones vitales, y así descubre y realiza el sentido de su vida en un momento determinado.

La clave de toda existencia humana consiste en la capacidad para responder responsablemente a las demandas que la vida nos plantea

Cada una y cada uno de nosotros concreta el sentido de su vida ante uno mismo, ante la sociedad de la que formamos parte y, en otros casos, muchos de nosotros sentimos esa responsabilidad ante Dios. No toda respuesta de sentido concreta la dimensión religiosa. Cuando la respuesta responsable se realiza de alguna manera ante Dios y en relación de confianza con Dios, estamos ante una práctica de fe vivida o práctica de espiritualidad religiosa. A su vez, la dimensión religiosa puede concretarse confesionalmente, es decir, que el vínculo religioso se vive en el marco de una tradición religiosa en particular, como puede ser el catolicismo.

La búsqueda de sentido se realiza de manera muy concreta al ir tomando distintas opciones: aceptar un sufrimiento inevitable, o la entrega cotidiana de la propia vida por amor. De esta manera desplegamos nuestra espiritualidad que, en un sentido amplio, es la aspiración de todo ser humano de encontrar un sentido a la vida. Y en un sentido estricto, implica dejarse conducir por el Espíritu Santo.

Jesús concretó el sentido de su propia vida en la donación de sí para que todos tengamos vida y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10,10). Al leer la profecía de Isaías, proclamó: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos” (Lc 4,18). Dios nos dirige ese primer llamado: descubrir para qué estamos en este mundo, descubrir que no sólo tenemos una misión, sino que somos una misión en la historia, como nos recuerda el Papa Francisco (cf. Evangelii Gaudium, 273). Los obispos reunidos en Aparecida (Brasil, 2007) proclamaban: “Alabamos a Dios por el don maravilloso de la vida y por quienes la honran y la dignifican al ponerla al servicio de los demás” (Documento de Aparecida, 106).

El encuentro, cuando es verdadero, nos permite mirarnos unos a otros con la mirada compasiva con la que Dios nos mira.

Esta es la primera y más grande vocación humana y una dimensión clave de nuestra vocación cristiana: descubrirse llamados a la vida y convocados a confirmar la vida de los demás. En esto consiste el amor, en afirmar la bondad de la vida de la persona con la que me encuentro, más allá de sus limitaciones y pecados. Como reflexiona José M. Arnaiz, el desencuentro nos paraliza la vida, nos hace distantes y desconectados de las fuentes de la vida misma, nos desune. En cambio, el encuentro, cuando es verdadero, nos permite mirarnos unos a otros con la mirada compasiva con la que Dios nos mira.

En mi vida cotidiana, ¿percibo el valor de mi propia vida? ¿Me acerco a los demás valorando su presencia, agradeciéndole a Dios el don de su vida? Como comunidad cristiana, ¿de qué manera integramos este anuncio de la bondad de la vida como parte de la misión evangelizadora, en la familia, en la escuela, en el trabajo…?

El Espíritu Santo llena el corazón de Cristo resucitado y desde allí se derrama en tu vida como un manantial. Y cuando lo recibes, el Espíritu Santo te hace entrar cada vez más en el corazón de Cristo para que te llenes siempre más de su amor, de su luz y de su fuerza. Invoca cada día al Espíritu Santo…”.

(Papa Francisco, Christus Vivit, 130-131)

Carolina Bacher Martínez
Investigadora del Instituto Teológico Egidio Viganó de la Universidad Católica Silva Henríquez

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