Frecuentemente vemos a nuestro alrededor signos de finitud y fragilidad: deterioro ambiental, guerras, hambrunas, ambición de poder, desentendimiento, indiferencia, mentira, violencia contra inocentes. Cuando esto nos hace sentir abrumados y angustiados, es necesario detenerse a considerar el sentido de nuestra finitud, sobre lo cual Edith Stein, santa Teresa Benedicta de la Cruz, filósofa, carmelita y mártir (Breslau, 1891-Auschwitz, 1942), tiene mucho que decirnos.
La pregunta por el sentido del ser fue analizada en el siglo XX por Martin Heidegger en su obra Ser y Tiempo (1927); pero, observa Edith Stein, su mirada queda encerrada en la sola finitud.
En Ser finito y ser eterno. Ensayo de una ascensión al sentido del ser (1936)² , piensa el sentido del ser finito que somos y que es nuestro mundo, es decir, su razón de ser, su significado. Puede parecer una pregunta “densa”, una abstracción filosófica prescindible entre tantas urgencias vitales. Pero, aunque se la ignore o evite, es una cuestión que está en la base de lo que hacemos y pensamos.
Se trazan planes y proyectos con base en una visión de la persona y la sociedad, cuál es su bien y su finalidad; por ello, es necesario clarificarla, hasta donde es posible. La pregunta por el sentido del ser fue analizada en el siglo XX por Martin Heidegger en su obra Ser y Tiempo (1927); pero, observa Edith Stein, su mirada queda encerrada en la sola finitud.
La filósofa y santa toma un punto de partida diferente: el ser finito existe ante el ser eterno. Internalizando la metafísica de Tomás de Aquino y el lenguaje fenomenológico, el camino de Edith Stein comienza por la experiencia interior más inmediata y universal -transitada por Agustín y Descartes-: nuestra certeza de ser. Nos experimentamos como existentes y como siendo cada uno un sí mismo; esta certeza está signada por el límite y por la temporalidad, por la fugacidad del instante: al pensar nuestro yo actual, ya ha pasado, como las gotas del tiempo –en lenguaje agustiniano- o como un grano en el reloj de arena; nuestro ser actual es un constante y vertiginoso consumir el tiempo, dice Edith Stein, y nuestro ser presente se encuentra como «sobre el filo de una navaja». Así, nuestro ser-existir aparece como un sin fondo, un casi abismo o nulidad; «casi», porque algo somos y porque la conciencia de serlo expresa también nuestra dignidad en el universo, como advertía Pascal.
Pero existen momentos de la existencia en que la sola conciencia no nos basta: la muerte de alguien amado, la soledad, el fracaso, las situaciones límite -en el decir de Jaspers- que rompen nuestra cotidianeidad y nos llevan al límite del dolor, la existencia quebrada, el significado roto, el horizonte oscuro, la trama cortada de la vida (Is 38,12). Es entonces que la certeza de ser un alma que clama desde lo hondo (Sal 129,1) -sin muchas claridades o con ninguna-, un alma que clama de rodillas por la misericordia, apunta y devela a un más allá de sí que le sostiene y se convierte en camino de encuentro con el ser eterno, Dios. Edith Stein lo expresa así: “Sé que alguien me sustenta y en eso reside mi tranquilidad y mi seguridad.
Edith Stein nos alienta a una mirada desprejuiciada, abierta a escuchar lo que ese ser ha dicho de sí mismo: Yo soy (Ex 3,14) y No teman, soy yo (Jn 6,20). El ser coincide con la Vida de Dios, ser personal, Uno y Trino.
No se trata de la seguridad de quien se siente en terreno seguro gracias a su propia fuerza, sino de la dulce y gozosa seguridad del niño que se ve sustentado por unos brazos fuertes. Seguridad que en la práctica no es menos racional que aquélla. ¿O es que sería razonable que el niño estuviese constantemente temeroso de que mamá le va a dejar caer?”.
Edith Stein nos alienta a una mirada desprejuiciada, abierta a escuchar lo que ese ser ha dicho de sí mismo: Yo soy (Ex 3,14) y No teman, soy yo (Jn 6,20). El ser coincide con la Vida de Dios, ser personal, Uno y Trino. El ser finito es una parte en conexión al todo de la creación; su vida es un estado en dinámico despliegue de un sentido o logos, de su esencia creada por Dios como su imagen y puesta en sus manos como espíritu capaz de libertad, para descubrirlo, hacerlo florecer y, al mismo tiempo, contribuir al despliegue de otros en fraterna disposición. El ser finito es como una palabra pronunciada por el ser eterno para ser descifrada y desplegada; somos humildes colaboradores de esta sagrada tarea.
Donación y confianza constituyen la respuesta vital que la filósofa y santa testimonió en momentos oscuros. Podemos preguntarnos: en momentos de oscuridad, ¿cómo levantar nuestra mirada a lo alto? ¿Cómo aprender a detenernos para volver a encontrar la presencia y la palabra que nos sostienen desde nuestro interior más profundo? ¿Y cómo podemos invitar a otros a escucharla?
¹ Stein, E. (2007). Ser finito y ser eterno. Ensayo de una ascensión al sentido del ser (OC III). Monte Carmelo et al .
² Stein, E. (2007). Ser finito y ser eterno. Ensayo de una ascensión al sentido del ser (OC III). Monte Carmelo et al.