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«Dejad que los niños vengan a mí» (Mc 10,14)

“Los niños no conocen la Ley, imprescindible para la salvación, por eso que los mismos discípulos los apartan de Jesús y los reprenden; pero Jesús nos obliga a cambiar de lógica, nos sorprende pidiendo la cercanía de los niños y poniéndolos como ejemplo, hay que ser como ellos para recibir el Reino.”

Jesucristo: hijo de migrantes

Pbro. Mauricio Albornoz

Año IV, Nº 66.

viernes 25 de marzo, 2022

"La sensibilidad por la migración se ha visto aumentada en el último tiempo y, en medio de ello, la experiencia de la fe entra para hacer reflexión de una realidad humana que interpela la propia confesionalidad."

La migración, percibida equívocamente como algo nuevo en nuestro país, nos abre a la pertinente pregunta sobre su lugar en nuestro camino de fe en Jesucristo. Del mismo modo, el desafío al que nos llama como acontecimiento cultural interpela nuestro quehacer nacional en distintos niveles y de diversas maneras.

La enseñanza social de la Iglesia ofrecida como vía de encuentro entre Dios y la cultura nos propone una perspectiva que tiende, en suma, a comprender la situación de un modo mucho más humano que técnico, intentando explicar que esto no ocurre necesariamente por una volatilidad de situaciones subjetivas, sino que existen, en la generalidad de los casos, razones suficientes para migrar.

Los efectos de las migraciones son, entonces, signo visible de la universal llamada a la salvación que debe caracterizar por naturaleza a la Iglesia.

Los relatos bíblicos ofrecen desde su inicio la característica propia del pueblo de Dios que se entiende migrante: Caín es condenado a vagar por el asesinato de su hermano Abel; Taré sale de Ur hacia Harán y Abram y luego a Canaán (Gn 4:10-14; 11:31-12:5). Abraham, Isaac y Jacob salen de sus hogares por falta de alimentos para ubicarse en Egipto, el Neguev y Filistea (Gn 12,42-46; 20; 26). Estas, entre muchas otras referencias, hacen posible identificar con facilidad que la historia de Israel está constituida esencialmente por el hecho migratorio y que, bajo esta perspectiva, impregna un acontecimiento característico del origen de la fe cristiana. La migración no es un episodio que se entienda como desafío presente, sino que ha sido una preocupación constante para la humanidad, con hondas raíces en la Historia de la salvación, en el cristianismo primitivo, como en la historia de la Iglesia.

Para el Concilio Ecuménico Vaticano II fue inevitable impulsar en los planes pastorales la atención hacia los migrantes, cuya responsabilidad recae principalmente en la figura del obispo (AG 20). Nos recuerda el papa Juan XXIII en Pacem in Terris: «Ha de respetarse íntegramente también el derecho de cada hombre a conservar o cambiar su residencia dentro de los límites geográficos del país; más aún, es necesario que le sea lícito, cuando lo aconsejen justos motivos, emigrar a otros países y fijar allí su residencia” (n° 25).

En este sentido, no resulta baladí que el lugar donde se desarrolla la primera teología cristiana sea precisamente el Areópago de Atenas, donde estuvieron y pasaron diversas voces, oratorias, pensamientos, culturas. A este lugar llega el apóstol Pablo para anunciar al Dios desconocido (He 17,22-24), donde la religión, la política y la filosofía se encontraban naturalmente tras una impronta multicultural.

La esperanza cristiana deriva de un pueblo migrante y que llega al mundo en medio de una familia migrante.

En consecuencia, el hecho migratorio tiene hondas raíces en la literatura bíblica y en el Magisterio eclesial a fuerza de la Tradición. La clara acogida que este hecho ofrece da cuenta de la relevancia de lo que en las líneas del Nuevo Testamento se recoge. Los efectos de las migraciones son, entonces, signo visible de la universal llamada a la salvación que debe caracterizar por naturaleza a la Iglesia fruto del servicio que le debe a su Maestro, que nació de un pueblo migrante y cuidado en una familia obligada a migrar.

Este horizonte de sentido bíblico, magisterial y de tradición viva, sustenta un acercamiento a lo migratorio desde la ladera de la fe, que proporciona una mirada menos técnica y más humana para reconocer que la esperanza cristiana deriva de un pueblo migrante y que llega al mundo en medio de una familia migrante. Nosotros como creyentes, sostenidos en las bases de la Revelación, no podemos dejar de preguntarnos: ¿cuál es la actitud que deberíamos tener con el migrante en lo personal y en lo social? ¿Dónde radicarían los esfuerzos que cada uno puede ofrecer en lo propio para ofrecer al migrante mayor y mejor dignidad?

“La presencia de los migrantes y de los refugiados, como en general de las personas vulnerables, representa hoy en día una invitación a recuperar algunas dimensiones esenciales de nuestra existencia cristiana y de nuestra humanidad, que corren el riesgo de adormecerse con un estilo de vida lleno de comodidades”.

S.S. Francisco, Jornada Mundial para
el migrante y el refugiado, 2019

Pbro. Mauricio Albornoz
Decano de la Facultad de Ciencias religiosas y filosóficas Universidad Católica del Maule

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