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Que este tiempo de verano nos invite a reflexionar sobre cómo podemos ser más solidarios y tener una preocupación especial por los más pobres y contribuir con ello a un desarrollo más humano y sostenible desde nuestros trabajos y vida cotidiana.

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“Ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora” (S.S. Juan Pablo II, 1988, n. 1).

Nuevas tecnologías para potenciar la vocación misionera

“Las nuevas tecnologías se nos presentan como una nueva oportunidad para llevar adelante nuestra vocación misionera”.

Misas en lugares aislados: el dilema de no contar con sacerdotes

“Es una situación que podríamos esperar en el Amazonas o en algunas partes de África, pero que también se presenta en nuestro país”.

La política del
amigo–enemigo

Sebastián Soto V.

Año V, N° 110

viernes 1 de diciembre, 2023

“La Iglesia, ayer y hoy, nos recuerda lo importante que es evitar la enfermedad del amigo-enemigo. Juan Pablo II visitó Chile en un momento de gran división entre nosotros y no dejó de advertirnos del riesgo de cultivar una política del enfrentamiento”.

En los últimos años, la política está siendo atrapada por una enfermedad peligrosa, por una peste que no habita solo en las izquierdas y derechas chilenas, sino que se extiende también por el mundo. Se trata de la retórica de la confrontación, de la búsqueda del desencuentro y la polarización, de la terriblemente dañina lógica del amigo-enemigo que deteriora la amistad cívica, corroe la confianza e impide la búsqueda conjunta del bien común. En vez de buscar consensos, se prefiere el enfrentamiento; en vez de apreciar al otro como un adversario al que persuadir para encontrar puntos de encuentro, se le ve como un enemigo contra el que luchar.

Si la política, como han repetido tantos sumos pontífices, “es una de las formas más altas de la caridad” (Francisco, 16 de septiembre de 2013), ¿cómo podemos vestirla de guerra?

En vez de buscar consensos, se prefiere el enfrentamiento; en vez de apreciar al otro como un adversario al que persuadir para encontrar puntos de encuentro, se le ve como un enemigo contra el que luchar.

La Iglesia, ayer y hoy, nos recuerda lo importante que es evitar la enfermedad del amigo-enemigo. Juan Pablo II visitó Chile en un momento de gran división entre nosotros y no dejó de advertirnos del riesgo de cultivar una política del enfrentamiento. En el Parque O’Higgins, recordó que la búsqueda del bien común no admite “la dialéctica inhumana que no ve en los demás a hermanos, hijos del mismo Padre, sino a enemigos que hay que combatir”. Y más tarde, en su discurso a los políticos, sostuvo que es necesario “convencerse y luego reconocer que la convivencia nacional debe basarse sobre principios éticos” y por eso en la política debe primar “un espíritu de tolerancia, de diálogo y de comprensión”, “un clima de colaboración” que inspire “las propias acciones en el amor, la confianza mutua y la esperanza” (3 de abril de 1987).

En Fratelli Tutti, Francisco vuelve sobre lo mismo. Dedica profundas reflexiones para desnudar tantos defectos de la política: el populismo, el relativismo, el inmediatismo, la mercantilización de las relaciones personales, entre otros. Y luego propone remedios desafiantes para la política de Chile y el mundo: una cultura del encuentro “que va más allá de las dialécticas que enfrentan”, que genera “procesos de encuentro” y que, más de una vez, deberá también “aceptar la posibilidad de ceder algo por el bien común”. También propone un cierto “amor político” y un diálogo para buscar la verdad y recuperar la amabilidad, que “transfigura profundamente (…) el modo de debatir y de confrontar ideas”.

Es común que la elaboración de las nuevas constituciones ofrezca un momento de enfrentamiento y exclusión. ¿Por qué ocurre lo uno o lo otro? En estos temas no hay una bala de plata para asegurar que el camino del consenso sea el elegido.

Vale la pena recordar todo esto tras años de discusión constitucional. Desafortunadamente, los debates constitucionales en los que Chile ha estado inserto se han desarrollado en un entorno propicio al enfrentamiento. Y es así como, en algo más de un año, la elite política y quienes hemos participado en el proceso constitucional le ofrecemos a los chilenos un plebiscito confrontado sobre un texto constitucional disputado. ¿Era posible que hubiera sido distinto? La experiencia internacional muestra que hay momentos constitucionales, aun en sociedades intensamente divididas, que logran generar un texto de consenso y un espacio de unidad. Sin embargo, también es común que la elaboración de las nuevas constituciones ofrezca un momento de enfrentamiento y exclusión. ¿Por qué ocurre lo uno o lo otro? En estos temas no hay una bala de plata para asegurar que el camino del consenso sea el elegido. Sin embargo, liderazgos convocantes, retóricas contenidas, acuerdos tácitos que huyan de la polarización y, tal vez lo más importante, descartar de plano la lógica del amigo-enemigo son ingredientes que transforman la política propia de la elaboración de una nueva constitución en un espacio adecuado para el encuentro.

Como nos recuerda San Pablo, todos estamos llamados “en lo posible y en cuanto dependa de nosotros, a estar en paz con todos los hombres” (Rom 12,18). En ese mismo sentido, y tal como lo acaban de recordar los obispos de Chile ante la nueva propuesta constitucional, la “patria anhelada” es una “patria común” que nos llama a “abandonar los individualismos, para ponernos al servicio de los demás, especialmente de los más abandonados” (La Conferencia Episcopal de Chile ante la Nueva Propuesta Constitucional. 16 de noviembre de 2023).

¿Podemos hacer más para contribuir, desde nuestros particulares roles, en el desafío de mejorar el clima político y la convivencia, promoviendo la fraternidad y amistad cívica? ¿Qué podemos aportar, en estas semanas previas al plebiscito constitucional, para reducir la lógica del amigo–enemigo?

“Sigue siendo verdad que la caridad debe animar toda la existencia de los fieles laicos y, por tanto, su actividad política, vivida como ‘caridad social’”.

Deus Caritas Est, 29. Benedicto XVI.

Sebastián Soto V.
Profesor de la Facultad de Derecho UC

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