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Tiempo, un don para la escucha

“Más allá de nuestros frenéticos anhelos de usar bien el tiempo y no perder ni un minuto, está la realidad de que el tiempo es un don de Dios, que Él gratuitamente nos concede y que nos invita a vivirlo en comunión con Él”.

Desafíos y oportunidades de las universidades católicas en el siglo XXI

“Los números no deben generar confusión. No se trata de aspectos cuantitativos los que garantizarán una fidelidad a la misión. Es el alma, la esencia, la que se debe preservar”.

“Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1)

“La oración va dando la certeza interior de ser amados tal como somos por Dios, reeduca nuestra autopercepción y nuestra afectividad”.

Jesús, un camino de amor y autenticidad

El Papa Francisco, en la Jornada Mundial de la Juventud 2023, les insistió a las y los jóvenes que Dios los ama tal cual son: “Chicos y chicas, somos amados como somos, sin maquillaje”.

Semana Santa: hacia la madurez de la Pascua

Mons. Carlos Godoy Labraña

Año V, N° 93

viernes 7 de abril, 2023

“Encontré una frase en una sencilla motivación cuaresmal. Nunca había caído en la cuenta de esto: el camino cuaresmal, de algún modo, ya es Pascua”.

La cuaresma va madurando en su trayecto hasta encontrar su plenitud en la Pascua. Dicha madurez es representación de la vida humana y una constante posibilidad para el hombre y la mujer de caminar orientados hacia su propia Pascua.

En la Cuaresma, el Espíritu Santo ha ido preparando el corazón del creyente a la vivencia pascual de forma sencilla, diáfana, respetuosa y profunda. Al modo del sembrador, que espera con paciencia y ternura la muerte y el brote de la semilla, la madurez requiere paciencia respetuosa.

Nunca quiso el sufrimiento ni para él, ni para ninguna persona. Dedicó su vida a sanar a los enfermos, liberar a los posesos, ofrecer dignidad a los pobres y marginados, anunciar un tiempo de gracia y reconciliación.

El itinerario cuaresmal nos ha dispuesto el corazón para la celebración de la Semana Santa, cuyo centro es el Triduo Pascual, los tres días en que conmemoramos la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. El Triduo comienza con la Cena del Señor del Jueves Santo, donde destaca el signo del lavado de los pies. Le sigue el Viernes Santo, con la celebración de la Pasión del Señor, escuchamos el relato de la Pasión según san Juan, la Iglesia ora por las necesidades de la humanidad y adoramos la cruz del Señor, máximo signo de su amor y fuente de nuestra salvación.

El Sábado Santo, día de reposo y de esperanza. Al anochecer celebramos la gran Vigilia Pascual, dando paso al Domingo de Resurrección. Los tres días santos representan un único día de Pascua. A ella se ha orientado la Cuaresma, a ella se orienta toda la vida del cristiano y de la Iglesia.

El Jueves Santo es un día entrañable para el pueblo cristiano. Es el día en que Cristo, en su cena de despedida, nos deja el memorial de su amor: la Eucaristía. Recordamos la gran lección de humildad en el gesto de lavar los pies a sus discípulos, a los cuales hizo sacerdotes al servicio del pueblo de Dios. En efecto, en la mañana de ese mismo día (o la tarde del día anterior) en todas las catedrales del mundo se ha celebrado la misa Crismal, en la cual el obispo rodeado de los sacerdotes de su diócesis, su presbiterio, junto al pueblo fiel, consagra el Santo Crisma y bendice los demás óleos, que luego serán materia de varios sacramentos.

Preguntarnos ¿de qué modo la muerte y resurrección de Jesús tocan mi corazón? ¿A qué me impulsa el amor victorioso del Señor resucitado? ¿Cómo esta Pascua nos fortalece para hacer mías las opciones de Jesús?

El Viernes Santo rememoramos la pasión y muerte del Señor. Resulta estremecedor escuchar el relato de los últimos momentos de la vida de Jesús. Su desenlace es violento y lleno de sufrimiento. El que había luchado para mitigar el llanto y el dolor, hoy se ve consumido en un cáliz de amargura. Nunca quiso el sufrimiento ni para él, ni para ninguna persona. Dedicó su vida a sanar a los enfermos, liberar a los posesos, ofrecer dignidad a los pobres y marginados, anunciar un tiempo de gracia y reconciliación. Jesús acepta el dolor y la muerte por nuestra salvación, en sus heridas queda curada la humanidad sufriente como profetizó Isaías. Todo se entiende finalmente con la resurrección porque en la Pascua de Jesús “la oscuridad y la muerte no tienen la última palabra” (Papa Francisco, Vigilia Pascual 2020).

El Sábado Santo es un día de reposo, es como si todo el cosmos, sumido en un silencio profundo, aguardara la fuerza de la resurrección. En ella queda redimido el tiempo y el espacio siendo habitados por el infinito amor de Dios. La Vigilia Pascual, con el cirio encendido y el canto del pregón pascual, rompen la oscuridad de la noche. El sol que nace de lo alto abre el nuevo día donde cielo y tierra se gozan con el triunfo del resucitado.

Queridos hermanos y queridas hermanas: vivamos intensamente estos días santos. Sintonicemos plenamente con el espíritu de estos días que nos mueven, sobre todo, a reconocer la representación del camino hacia la Pascua definitiva de la mano del resucitado porque a la luz de estos misterios que celebramos podemos preguntarnos ¿de qué modo la muerte y resurrección de Jesús tocan mi corazón? ¿A qué me impulsa el amor victorioso del Señor resucitado? ¿Cómo esta Pascua nos fortalece para hacer mías las opciones de Jesús?

“El sepulcro es el lugar donde quien entra no sale. Pero Jesús salió por nosotros, resucitó por nosotros, para llevar vida donde había muerte, para comenzar una nueva historia que había sido clausurada, tapándola con una piedra. Él, que quitó la roca de la entrada de la tumba,
puede remover las piedras que sellan el corazón”.

(Papa Francisco, Vigilia Pascual en la Noche Santa, 11 de abril de 2020)

Mons. Carlos Godoy Labraña
Obispo Auxiliar de Santiago y Vicario Pastoral

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