En tiempos donde la fe suele asociarse a lo rígido o distante de la experiencia cotidiana, el arte contemporáneo se convierte muchas veces en un espacio inesperado de búsqueda espiritual. No desde una religiosidad tradicional, sino desde preguntas abiertas sobre el amor, el dolor, el deseo y la muerte. En ese cruce entre arte y espiritualidad, el trabajo reciente de la cantante Rosalía -especialmente en Lux– ofrece una lectura sugerente para pensar la fe hoy.
A diferencia de una relación con lo divino marcada por el dominio o la autoridad, la experiencia femenina de lo sagrado ha estado históricamente más ligada a la humildad, la conexión y la escucha.
En este disco, Rosalía retoma una iconografía profundamente católica: velas, hábitos, gestos monásticos y referencias a santas como Juana de Arco, Miriam o Santa Rosa de Lima. Sin embargo, no lo hace desde la devoción clásica, sino desde una relectura femenina de lo sagrado. Su propuesta parece dar voz a aquellas mujeres que, a lo largo de la historia, fueron relegadas a los márgenes del relato religioso, no como protagonistas del poder, sino como portadoras de una espiritualidad íntima, silenciosa y profundamente encarnada.
Una frase que aparece en el interior del disco “Ninguna mujer pretendió nunca ser dios” resume con fuerza esta perspectiva. A diferencia de una relación con lo divino marcada por el dominio o la autoridad, la experiencia femenina de lo sagrado ha estado históricamente más ligada a la humildad, la conexión y la escucha. No se trata de controlar lo divino, sino de habitarlo desde la fragilidad. En ese sentido, Lux no propone una fe sin cuerpo ni conflicto, sino una espiritualidad que se atreve a nombrar la herida.
Esta mirada dialoga con lo que el filósofo Byung-Chul Han reflexiona en su libro Sobre Dios. Pensar con Simone Weil. Allí, retomando a la pensadora francesa, sostiene que la belleza y el dolor no son obstáculos para la fe, sino caminos de acceso a ella. Para Weil, la belleza no se reduce al consumo estético, sino que remite a la trascendencia; y el dolor, lejos de ser negado, puede abrirnos a una comprensión más profunda de Dios y de nosotros mismos.
Desde la fe cristiana, esta intuición resuena con fuerza. El Dios en quien creemos no se manifiesta desde el poder, sino desde la encarnación; no evita el sufrimiento humano, sino que lo asume. Jesucristo no se presenta como un dios de dominio, sino como un dios que ama, que escucha y que acompaña. En una cultura que huye del dolor y busca anestesiar toda incomodidad, tanto el arte como la fe nos recuerdan que la esperanza no nace de la negación de la herida, sino de atravesarla.
Tal vez por eso ciertas expresiones artísticas contemporáneas nos interpelan más de lo que quisiéramos. Nos obligan a prestar atención, a salir de la superficialidad, a escuchar aquello que no tiene respuestas fáciles. Simone Weil afirmaba que la atención es una de las formas más puras de generosidad. Prestar atención al arte, a la cultura y a las búsquedas espirituales que emergen en ellas puede ser también un ejercicio de caridad.
En una cultura que huye del dolor y busca anestesiar toda incomodidad, tanto el arte como la fe nos recuerdan que la esperanza no nace de la negación de la herida, sino de atravesarla.
Mirar el arte desde la fe no implica aprobarlo todo ni entenderlo todo, sino disponerse al diálogo. Un diálogo que, lejos de clausurar preguntas, nos ayude a vivir con mayor esperanza, a reconocer nuestra propia fragilidad y a abrirnos al encuentro con el Dios vivo que transforma desde dentro.
¿Desde qué lugar buscamos hoy a Dios: desde el deseo de controlar o desde la disposición a escuchar y habitar la fragilidad? ¿Somos capaces de reconocer búsquedas auténticas de fe en expresiones culturales que no responden a los lenguajes religiosos tradicionales?