¿Y si el anuncio de Jesús no fuera solo una buena noticia… sino una noticia nueva?
El primer anuncio no es únicamente el inicio de la fe: es su fuente constante de sentido y alegría. No está reservado a quienes nunca han oído hablar de Cristo, sino que también alcanza a quienes necesitamos volver a escucharlo, como si fuera la primera vez… ¿Cómo así?
Jesús anuncia invitando, no simplemente explicando. Apunta al corazón, a lo relacional, no solo al comportamiento externo.
Sí, cada generación necesita escucharlo en su propio idioma y contexto. Pero no se trata de “encarnar” el Evangelio, como si pudiera cambiar de cuerpo, sino de reconocer con humildad que ya tiene carne: la de Jesucristo, el Hijo hecho hombre, que se hace presente hoy y siempre. Nuestra misión no es adaptarlo a gusto, sino anunciarlo allí donde vive y actúa hoy: en nuestro contexto, en nuestra historia, en nuestras heridas, gozos y búsquedas.
Es fidelidad y creatividad, algo no tan fácil. Jesús bien supo de esto al llamar y los apóstoles, al escuchar (y luego también al anunciar). Pensemos en el ejemplo de Mateo: Jesús pasa, lo ve en la mesa de impuestos —lugar despreciado, moralmente ambiguo y religiosamente impuro— y le dice: “Sígueme”. Una palabra que irrumpe en su vida. Esto hace pensar que, sencillamente, no existe “el tipo de persona que Jesús no habría llamado”; algo difícil de captar para el mundo del descarte.
El anuncio no es solo un comunicado, no se puede comparar a un mensaje de Whatsapp o titular de noticia, porque es un signo de salvación. Se trata de algo que acontece, en el tiempo y en la historia.
Algo esencial: Jesús anuncia invitando, no simplemente explicando. Apunta al corazón, a lo relacional, no solo al comportamiento externo. Acontece y despierta vida nueva: Mateo es ahora el apóstol, el evangelista. Dios ha actuado, allí donde nadie lo esperaba, y el llamado ha dicho sí.
Sobre esto, la liturgia tiene mucho que decir. En la liturgia antigua, la Iglesia anunciaba a la comunidad los momentos importantes del año —fiestas, ayunos, escrutinios— no como un recordatorio práctico, sino como un modo de decir que la salvación se realiza en un momento preciso y en un lugar concreto.
Pensemos en un ambón, que por su confección y ubicación evoca la Resurrección; y entonces, quien proclama desde allí no es simplemente un lector: es imagen del ángel en el sepulcro vacío, anunciando que Cristo, el Resucitado, vive. Por eso, el anuncio del Evangelio, de la Pascua y todo anuncio litúrgico debe provenir del ambón y no de un atril casual. Con este y muchos otros ejemplos, la Iglesia celebra que el anuncio es presencia viva del Resucitado. Esa es nuestra tarea.
Así, el anuncio no es solo un comunicado, no se puede comparar a un mensaje de Whatsapp o titular de noticia, porque es un signo de salvación. Se trata de algo que acontece, en el tiempo y en la historia.
El año jubilar de la esperanza, que está por culminar en Roma, ha sido también un tiempo de gracias que nos recuerda que el seguir y anunciar a Cristo no es un peso, sino una alegría regalada.
Cristo, el mismo que se ha hecho niño frágil, ha vencido y por eso no anunciamos una teoría, sino una alegría viva y verdadera. El anuncio sigue siendo nuevo porque Dios está entre nosotros diciendo: “Sígueme, te mostraré el camino a la felicidad que no perece” (cfr. Sal 16,11).
¿En qué sentido mi vida es un anuncio gozoso de la victoria de Cristo? ¿Qué persona -a través de su testimonio- es para mí el ángel anunciando la victoria de Dios?