A propósito del 60° aniversario de la declaración conciliar “Gravissimum educationis”, donde la Iglesia asumió la “importantísima” tarea de educar en diálogo con un mundo en transformación, el Papa León XIV decide escribir la carta apostólica “Diseñar nuevos mapas de esperanza”. La actualidad y sintonía con los desafíos globales de ambos documentos es sorprendente, particularmente sobre dos aspectos en lo que quisiera detenerme.
El primero tiene que ver con el carácter de condición de posibilidad para una formación humana integral que es la educación, considerando en su trayectoria no solo aspectos intelectuales sino también valóricos. Al respecto, León XIV habla de ser una guía en la búsqueda de conocimiento y sentido, desde la escuela hasta la universidad: “la educación no es solo transmisión de contenidos, sino aprendizaje de virtudes”, señala. A este respecto, le asigna una gran responsabilidad a la Iglesia, procurando que la educación no mida su valor “solo en función de la eficiencia”, sino sobre todo “en función de la dignidad, la justicia y la capacidad de servir al bien común”.
Cerca del 42% de los establecimientos declara alguna adscripción religiosa, y es aquí donde se visualiza la relevancia de la tarea que León asigna a la educación católica hoy.
El segundo aspecto, y sobre el que me parece relevante hacer una reflexión aún más profunda desde mi área disciplinar, que es el desarrollo y planificación territorial, es el permanente llamado de ambos documentos a la “colaboración” en las distintas escalas. Nuestro Papa hace un llamado a construir una comunidad educativa que funciona como una “obra coral”, que integra a docentes, estudiantes, familias y personal administrativo y de servicio; y también una comunidad amplia de instituciones públicas y privadas que colaboren en esta misión.
¿Por qué es importante esta invitación? En nuestra realidad local y según datos del Mineduc, del total de más de 11.000 establecimientos escolares del país, cerca del 55% corresponde a establecimientos particulares o particulares subvencionados, que concentran más del 60% de la matrícula total del sistema, lo que demuestra que ni en la teoría ni en la práctica este bien público es solo responsabilidad del Estado. Por otra parte, más allá del tipo de dependencia, cerca del 42% de los establecimientos declara alguna adscripción religiosa, y es aquí donde se visualiza la relevancia de la tarea que León asigna a la educación católica hoy, con un especial énfasis en “reconstruir la confianza en un mundo marcado por los conflictos y los miedos”.
Si analizamos estos datos desde una perspectiva territorial, emerge un desafío enorme —por no llamarlo problema— en la educación rural. La participación de establecimientos particulares o subvencionados es baja: menos del 22% del total y apenas el 28% de la matrícula. Y sí, aquí tenemos un “gravísimo” desafío, porque las cifras no son alentadoras. Según Acción Educar, en 2024 gran parte de las 3.121 escuelas rurales recibió menos postulaciones que cupos disponibles, y un cuarto no tuvo ninguna postulación, concentradas en las regiones de la Araucanía, Los Lagos y Coquimbo.
El Censo 2024 revela que, en un tercio de las regiones, los habitantes de comunas rurales tienen dos años menos de escolaridad que quienes viven en áreas urbanas.
Además, el Índice de Vulnerabilidad Escolar es 12 puntos mayor en zonas rurales que urbanas; el SIMCE muestra cerca de 10 puntos menos en lectura y matemáticas; y solo el 48% de los egresados accede a educación superior al primer año (versus 53% urbano). Por último, el Censo 2024 revela que, en un tercio de las regiones, los habitantes de comunas rurales tienen dos años menos de escolaridad que quienes viven en áreas urbanas.
Es aquí donde la esperanza se debe trazar, y donde también está mi sueño de la UC que busca conectarse con las necesidades del país. Es aquí donde la educación católica no puede callar, promoviendo la justicia y la equidad. ¿Cómo no actuar? Y sí, es cierto que solos no podremos; tenemos que ser una constelación, junto a otras instituciones de educación del país, para diseñar nuevos mapas rurales de esperanza.
¿Qué acciones podemos asumir para hacer de la educación un espacio de oportunidades, equidad y justicia? ¿Cómo fortalecer la colaboración para llevar esperanza a los territorios más remotos? ¿Qué nuevos “mapas de esperanza” estamos llamados a diseñar hoy desde la universidad?