Otras reflexiones

El anuncio de siempre, como nunca

El primer anuncio no es únicamente el inicio de la fe: es su fuente constante de sentido y alegría. No está reservado a quienes nunca han oído hablar de Cristo, sino que también alcanza a quienes necesitamos volver a escucharlo, como si fuera la primera vez…

Tecnologías biomédicas y dignidad humana

Gran parte del saber en ciencias biológicas se caracteriza, entre otras cosas, por hacer intervenciones en los organismos para obtener ciertos efectos deseados... Sin embargo, esto por sí mismo no entrega una guía acerca de qué intervenciones promueven la dignidad de la persona y cuáles la degradan. En consecuencia, se hace imperativa una reflexión bioética que ilumine los aspectos valóricos de los cursos de acción posibles.

El ardor de la esperanza

Este año no empezó el primero de enero. En nuestros corazones y en la Iglesia, comenzó como siempre: con un Dios hecho niño en Belén. Así iniciamos un Año Jubilar que transformaría vidas, desde lo cotidiano hasta lo extraordinario.

Escuchar el clamor y ver el rostro herido de los pobres Reflexión a partir de Dilexi te, exhortación apostólica de León XIV sobre el amor hacia los pobres.

“En los pobres [Cristo] sigue teniendo algo que decirnos” (DT, 5).

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Migrar, un camino de fe

Zulay Giménez P.

Año VIII, N° 213

viernes 9 de enero, 2026

"Tomar la decisión de migrar es, en muchos casos, un verdadero salto de fe. Es caminar sin tener todas las certezas, confiar sin controlar el futuro, creer que Dios va delante, aun cuando el camino no se ve claro".

Pensar en migrar no es algo neutro. Remueve el corazón y despierta sentimientos profundos: angustia, incertidumbre y miedo a lo desconocido. Es dejar atrás lo seguro, lo familiar, lo que nos identifica y nos sostiene. Incluso cuando la migración es voluntaria —por un nuevo trabajo, un proyecto de estudios o una oportunidad—, siempre supone un quiebre y un desprendimiento.

Migrar es aprender a vivir con el corazón dividido entre el lugar que fue hogar y el lugar que ahora lo es, entendiendo que el hogar se construye allí donde está la familia.

Pero hay migraciones que no se eligen. Migrar porque se debe huir es una experiencia muy dolorosa. No se escoge el momento ni las condiciones, no hay tiempo para preparar el corazón ni las maletas. Se huye para proteger la vida, la dignidad o el futuro de los hijos. En esos casos, el miedo se mezcla con la urgencia y la esperanza se vuelve frágil, casi silenciosa, pero indispensable para seguir adelante.

Muchas veces, la migración trae consigo la separación de las familias y una profunda sensación de soledad. No siempre migra toda la familia de una sola vez: unos parten primero, otros se quedan, y el reencuentro se vuelve incierto o lejano. La distancia fragmenta la vida cotidiana y transforma los vínculos. Se aprende a amar a través de una pantalla, a celebrar a destiempo y a acompañar sin presencia.

Quien migra vive, además, la experiencia constante de sentirse extranjero: en la lengua, en las costumbres y en las miradas. Convive con la nostalgia por todo lo dejado: los seres queridos, los momentos compartidos, las tradiciones y hasta las pequeñas comodidades que parecían obvias. Migrar es aprender a vivir con el corazón dividido entre el lugar que fue hogar y el lugar que ahora lo es, entendiendo que el hogar se construye allí donde está la familia.

Aun así, migrar también puede abrir caminos nuevos y convertirse en un regalo inesperado. El encuentro con otras personas, con nuevas culturas y formas de vivir va ensanchando la mirada y el corazón. Muchos logramos entretejer lo que traemos con lo que vamos recibiendo, dando origen a nuevas tradiciones, a identidades más amplias y a una comprensión más profunda del mundo y de los otros. Así, la migración puede transformarse no solo en una experiencia de pérdida, sino también en una oportunidad de crecimiento, de aprendizaje, de encuentro y de mutuo enriquecimiento.

La Palabra de Dios nos recuerda que Jesús, siendo niño, fue migrante y refugiado. José y María dejaron su tierra, su gente y sus certezas para proteger la vida que les había sido confiada.

Muchas personas han llegado a esta tierra chilena buscando refugio, oportunidades y una vida digna. Esta realidad nos interpela y nos invita a mirarnos con honestidad. ¿Cuán acogedores hemos sido cuando nos encontramos con un extranjero? ¿Cómo reaccionamos frente a quien es distinto, especialmente cuando su cultura, su acento o sus costumbres nos resultan ajenos o incómodos? Como católicos, estamos llamados a reconocer en cada migrante el rostro de Cristo que pide posada. La fe se vive en lo concreto: en la mirada que acoge, en la palabra que dignifica y en los gestos cotidianos de hospitalidad. Migrar, desde una mirada cristiana, no es solo un desplazamiento geográfico; es un camino donde Dios sigue haciéndose presente y donde también nos llama a ser tierra de acogida, consuelo y esperanza.

“Los migrantes, y especialmente aquellos más vulnerables, nos ayudan a leer los signos de los tiempos. A través de ellos, el Señor nos llama a una conversión, a liberarnos de los exclusivismos, de la indiferencia y de la cultura del descarte. A través de ellos, el Señor nos invita a reapropiarnos de nuestra vida cristiana en su totalidad y a contribuir, cada uno según su propia vocación, a la construcción de un mundo que responda cada vez más al plan de Dios”.

Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial del Migrante
y del Refugiado 2019.

Zulay Giménez P.
Académica de la Escuela de Construcción Civil de la UC.

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