Otras reflexiones

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Que este tiempo de verano nos invite a reflexionar sobre cómo podemos ser más solidarios y tener una preocupación especial por los más pobres y contribuir con ello a un desarrollo más humano y sostenible desde nuestros trabajos y vida cotidiana.

La hora de las mujeres en la Iglesia

“Ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora” (S.S. Juan Pablo II, 1988, n. 1).

Misas en lugares aislados: el dilema de no contar con sacerdotes

“Es una situación que podríamos esperar en el Amazonas o en algunas partes de África, pero que también se presenta en nuestro país”.

“Ojalá escuchemos hoy su voz” (Sal 95): Reflexiones para una oración contemplativa

“Anhelamos una experiencia de encuentro con Dios que no sea ensoñación o alejarse del mundo, sino allí encontrarle, escucharle y responder en el amor a Él y a nuestro prójimo”.

Nuevas tecnologías para potenciar la vocación misionera

Sebastián Buzeta Undurraga

Año VI, N° 114

viernes 26 de enero, 2024

“Las nuevas tecnologías se nos presentan como una nueva oportunidad para llevar adelante nuestra vocación misionera”.

El bien y el mal moral en la utilización de un instrumento depende precisamente de eso, de su uso, sea recto o torcido. Así como se puede hacer mucho bien con las tecnologías actuales, como fácilmente se refleja en medicina, medio ambiente y comunicaciones, también se las puede utilizar para hacer cosas moralmente malas, como es patente en algunas expresiones visibles de redes sociales, blogs, información chatarra, pornografía y un sinfín de basura virtual. De ahí que es fundamental una reflexión sobre la naturaleza instrumental de las nuevas tecnologías y, por lo mismo, todo lo que ellas ofrecen para hacer el bien, así como el cuidado que se debe tener en su uso para evitar obrar mal.

Es cierto que la transformación en los hábitos humanos tras la aparición de estas tecnologías ha fomentado más una vida de alienación, de comportamientos superficiales y materialistas, que una generadora de hábitos moralmente buenos, cuestión ampliamente expresada sobre todo en comunidades cristianas.

Pero ¿acaso las tecnologías tienen una carga moral más negativa que positiva? Todo mueve a pensar que sí, pero merece un análisis mayor. Y es que las tecnologías actuales no son como las antiguas.

Pero ¿acaso las tecnologías tienen una carga moral más negativa que positiva? Todo mueve a pensar que sí, pero merece un análisis mayor. Y es que las tecnologías actuales no son como las antiguas. Por ejemplo, el impacto en la vida de las personas que tiene una pala no es el mismo que el de un celular. Una enorme dimensión de nuestra vida se despliega hoy en este aparato. De hecho, el impacto que han tenido en la vida humana estas nuevas tecnologías ha llevado por primera vez a una profundización filosófica y ética que no tiene precedente en la época pretecnológica.

Se debe, por tanto, entender mejor qué son estas tecnologías actuales, cuál es su naturaleza y el lugar que tienen en la vida humana, evitando los prejuicios que pueden conducir a problemas mayores, pues como enseña Aristóteles al comienzo del libro Acerca del Cielo y el Mundo: “un pequeño error al comienzo es un grave error al final”. Juzgar erradamente hoy la naturaleza de la tecnología resulta un problema, más aún si éstas, como enseña Luca Valera, “son el lente mediante el cual se participa en gran medida de la realidad”. Si no se las entiende y se las prejuzga, inevitablemente se generará una mala disposición hacia ellas y hacia este mundo tecnologizado. De modo que una adecuada consideración de estas nuevas tecnologías implica comprender que, si bien configuran y han configurado malamente una parte relevante de la cultura y de las conductas de la vida humana moralmente cuestionable, al final siguen siendo un mero instrumento; instrumento que tiene un lugar central en la vida actual de las personas, pero instrumento al fin con el que debemos aprender a vivir y darle buen uso. Esto implica comprender que la tecnología no está frente a nosotros como un adversario a vencer o temer, siguiendo la tesis de Hans Jonas, sino más bien como un instrumento que ofrece enormes posibilidades que pueden ser bien utilizadas y aprovechadas.

De modo que una adecuada consideración de estas nuevas tecnologías implica comprender que, si bien configuran y han configurado malamente una parte relevante de la cultura y de las conductas de la vida humana moralmente cuestionable, al final siguen siendo un mero instrumento.

Concretamente, el problema no es, por ejemplo, las redes sociales en sí mismas, sino el uso que le damos, o la existencia de inteligencia artificial, sino el modo en que la utilizamos. Decía santo Tomás de Aquino siguiendo a Aristóteles, el bien moral es lo que elige el hombre prudente, recordando que la prudencia es lo central en la vida moral. De modo que, al momento de utilizar las tecnologías, será aún más importante ser prudente por el impacto que tienen hoy.

En este escenario, entonces, en el que parece fundamental comprender el lugar de estas nuevas tecnologías, llegamos al punto central de esta columna en la que cabe preguntarse una cuestión radical: ¿qué consecuencias genera para el hombre actual, pero sobre todo para el cristiano, asumir una posición prejuiciosa, hostil o temerosa hacia estas nuevas tecnologías?

He aquí el problema, pues ya no estaríamos solo en presencia de una dificultad que afectaría su vida como ser humano, sino también la de su vida como cristiano, pues atentaría directamente contra su vocación misionera. ¿Cómo es esto? El cristiano, por ser tal, tiene una vocación misionera, pues es poseedor del tesoro más grande de la historia de la humanidad: el conocimiento de la verdad divina expresada en la Sagrada Escritura. Cuanto más alta es una verdad conocida, tanto más fuerte es la tendencia a comunicarla. Por eso, como peregrino de este mundo, su vocación es a comunicar la verdad revelada… esta es su misión.  De modo que, al prejuiciar las nuevas tecnologías y juzgarlas como intrínsecamente nocivas, bloqueará todos aquellos canales que éstas ofrecen para humanizar y cristianizar tanto en la propia vida como en la de los demás. Se vuelve imperioso que, precisamente desde una mirada de fe, las reutilice para, como dice san Ignacio, ad maiorem Dei gloriam (A la mayor gloria de Dios). En efecto, con lo que ofrecen las nuevas tecnologías y su impacto en los seres humanos y en la cultura, se hace aún más exigible al cristiano actual su conocimiento y buen uso para el desarrollo de su vocación misionera, evangelizando, humanizando y cristianizando más plenamente su vida y la de los demás; y así hacer por ejemplo como el beato Carlo Acutis -patrono de los millennials-, quien, en palabras de Papa Francisco, “fue capaz de usar las nuevas técnicas de comunicación para transmitir el Evangelio, para comunicar valores y belleza”.

De acuerdo a estas ideas, ¿cómo me relaciono con las nuevas tecnologías? ¿Veo en ellas un camino para el desarrollo de mi vocación misionera? ¿Logro ver todas las opciones que me ofrecen las nuevas tecnologías para transmitir el evangelio?

“Así como entonces la evangelización, para dar fruto, tuvo necesidad de una atenta comprensión de la cultura y de las costumbres de aquellos pueblos paganos, con el fin de tocar su mente y su corazón, así también ahora el anuncio de Cristo en el mundo de las nuevas tecnologías requiere conocer éstas en profundidad para usarlas después de manera adecuada”.

Benedicto XVI, mensaje de su santidad Benedicto XVI para la XLIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. 24 de mayo de 2009
Sebastián Buzeta Undurraga
Director de la Escuela de Humanidades de la Universidad Gabriela Mistral

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