Otras reflexiones

El anuncio de siempre, como nunca

El primer anuncio no es únicamente el inicio de la fe: es su fuente constante de sentido y alegría. No está reservado a quienes nunca han oído hablar de Cristo, sino que también alcanza a quienes necesitamos volver a escucharlo, como si fuera la primera vez…

Tecnologías biomédicas y dignidad humana

Gran parte del saber en ciencias biológicas se caracteriza, entre otras cosas, por hacer intervenciones en los organismos para obtener ciertos efectos deseados... Sin embargo, esto por sí mismo no entrega una guía acerca de qué intervenciones promueven la dignidad de la persona y cuáles la degradan. En consecuencia, se hace imperativa una reflexión bioética que ilumine los aspectos valóricos de los cursos de acción posibles.

El ardor de la esperanza

Este año no empezó el primero de enero. En nuestros corazones y en la Iglesia, comenzó como siempre: con un Dios hecho niño en Belén. Así iniciamos un Año Jubilar que transformaría vidas, desde lo cotidiano hasta lo extraordinario.

Escuchar el clamor y ver el rostro herido de los pobres Reflexión a partir de Dilexi te, exhortación apostólica de León XIV sobre el amor hacia los pobres.

“En los pobres [Cristo] sigue teniendo algo que decirnos” (DT, 5).

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Recordando el gran y santo concilio de Nicea

Xavier Morales

Año VII, N° 206

viernes 21 de noviembre, 2025

“Lo que los proclamaron los Apóstoles y lo que definieron los Santos Padres marcaron la fe de la Iglesia de un sello de unidad. (Liturgia bizantina)”.

¿Qué tienen en común los cristianos protestantes, católicos y ortodoxos, herederos de miles de años de acusaciones, condenas y anatemas? Su fe en Jesucristo, reflejada en la declaración que, en 325, cerca de trescientos obispos redactaron y firmaron en Nicea.

Celebrar el concilio de Nicea es desear que, aún hoy, la forma sinodal equilibre la forma episcopal y, más aún, la forma papal, de gobernar la Iglesia.

Hoy en día, Nicea es Iznik, una ciudad famosa por su cerámica, en medio de un país, Turquía, mayoritariamente musulmán. Egipto, el país en el que surgieron los conflictos que el concilio intentó resolver, es, actualmente, también mayoritariamente musulmán.

En cuanto a la declaración teológica firmada por los participantes del concilio, solo especialistas de la historia de la Iglesia la conocen, puesto que fue substituida unas décadas después de su promulgación por el famoso “Credo de Nicea-Constantinopla”, al que, en Chile, solemos sustituir por el más breve “Credo de los Apóstoles”.

Entonces, ¿por qué celebrar los 1.700 años del concilio de Nicea?

Primero, porque la reunión sentó las bases del gobierno de la Iglesia, desde la comunidad local hasta las grandes estructuras transnacionales. En Nicea, la forma sinodal de gobierno se impuso como una estructura complementaria a la forma episcopal.

La declaración de Nicea, tejida con citas bíblicas, sigue siendo un fundamento para nuestra fe. Nos llama a volver a la fuente.

Los asuntos de la Iglesia competen a todos los fieles y deben ser discutidos y resueltos en común. Celebrar el concilio de Nicea es desear que, aún hoy, la forma sinodal equilibre la forma episcopal y, más aún, la forma papal, de gobernar la Iglesia.

En segundo lugar, porque la historia del Concilio de Nicea es la historia de un deseo de unidad, con sus ambigüedades y dificultades. Los obispos deseaban el restablecimiento de “la paz común y la concordia”. Pero la reconciliación fue frágil, ya que solo se logró mediante la expulsión o el silencio de aquellos que no estaban de acuerdo con la opción mayoritaria. ¿Somos conscientes de lo que implican nuestros propios deseos de unidad, tanto para nuestra familia, nuestra nación y nuestra cultura, como para la Iglesia? ¿Qué criterios debemos adoptar para que esta unidad no signifique la supresión de toda diferencia?

En tercer lugar, porque la declaración de Nicea, tejida con citas bíblicas, sigue siendo un fundamento para nuestra fe. Nos llama a volver a la fuente. ¿Estamos dispuestos a ir más allá de las fórmulas dogmáticas y escuchar en ellas el testimonio del pueblo de Israel y el de los discípulos de Jesús de Nazaret? Confesar que Jesús es “consustancial con el Padre” es confesar que Dios es capaz de dar todo lo que es en lo más profundo de sí mismo, su “substancia”, a otro que no es él mismo, su Hijo único. ¿Estamos dispuestos a descubrir que, entonces, Dios también es capaz de enviar su propio Espíritu Santo en nuestros corazones?

“Creemos en un único Dios, Padre, todopoderoso, artífice de todo lo visible y lo invisible, y en un único Señor, Jesucristo, el Hijo de Dios, unigénito engendrado del padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado y no hecho, consubstancial con el Padre, mediante quien todo ha llegado a ser, lo que está en el cielo y lo que está en la tierra, quien, por nosotros los seres humanos y por nuestra salvación, descendió, se encarnó, se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer día, subió a los cielos, para venir a juzgar a los vivos y los muertos, y en el Espíritu santo”.

Concilio de Nicea, año 325.

Xavier Morales
Profesor asociado de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile

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